Un día como cualquier otro

La nieve estaba recogida en todas las pequeñas esquinas de esa gran ciudad. Y aunque estaba así porque un quitanieves cualquiera habría pasado por encima de ella, un quitanieves que habría pasado por cientos de callejones una y otra vez, la nieve que yo veía no tenía ni un ápice de suciedad o desorden. Era una nieve blanca, clara y resplandeciente. Parecía quedar poca de esta nieve, pero ésta era tan llamativa que eso daba igual. 

Y ahí estaba yo, en este lugar, andando con un par de botas de piel marrones y un chaquetón que casi me llegaba hasta las rodillas. Intentaba no resbalarme porque aunque hubiesen puesto gravilla por todo el hielo que había en el centro de la calle, allí cualquiera podía poner el pie en dónde no debía y llevarse a casa un moratón en el culo. Seguí andando hasta que llegué a una zona en la que no había hielo alguno, así que empecé a caminar con seguridad y a sumergirme en mis pensamientos. Pensaba en las banalidades de aquel viernes de marzo. En las tonterias que habían pasado ese día en el colegio. Como por ejemplo en matemáticas, todos empezamos a reírnos sin sentido, y como en sociales, estábamos organizando una fiesta para una niña. Todas aquellas cosas me sacaban una sonrisa y con esta sonrisa vinieron recuerdos. Así que así acabé ese mes de marzo, recordando anécdotas pasadas de las que todos se habrían olvidado junto al cálido frio de esa mañana. 

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